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¡Hola a todos! 

Me llamo Amelia y soy una de las nuevas pasantes o becarias para el programa Huertas. Estoy increíblemente emocionada para hacer este trabajo y colaborar con las dos otras becarias esta primavera. Estudio la sociología en la universidad de Vermont con una concentración en la justicia criminal. Además, tengo subespecialidades en los estudios de latinoamérica y el caribe, arte visual y biología. Estoy especialmente interesada en el proyecto de Huertas porque aprendí español durante tres años viviendo en Guadalajara, México. Para mi, el aprendizaje de otras lenguas y culturas es una de las cosas más importantes para llegar a un mejor mundo con más equidad y menos violencia. Lo que más valoro del trabajo de Huertas es conectar y conversar con todos los participantes. Además, estoy interesada en aprender más sobre los derechos de inmigrantes en nuestros sistemas de justicia en los Estados Unidos. 

Huertas ya ha sido una experiencia fenomenal. He aprendido sobre sistemas de lácteos en Vermont y experiencias de trabajadores migrantes que antes no sabía por nada. Y desde que empecé a visitar los participantes en diferentes ranchos en Vermont he tenido muchas experiencias nuevas que han sido muy impactantes. Como esperaba, mi parte favorita del trabajo ha sido tener conversaciones con todos los participantes después de hacer las entrevistas sobre su huerta. Me hace muy emocionante conectar con participantes de áreas en México cerca de donde yo viví cuando era niña.

Lo que me importa más como becaria del programa Huertas, es ser alguien con quien los participantes pueden confiar y conectar. Aprendo algo nuevo cada día trabajando con Huertas, especialmente sobre los sistemas de comida y cómo sembrar.  ¡No puedo esperar para hacer más visitas con participantes,  aprender más sobre los sistemas de comida y en algunos meses empezar a sembrar! 

¡Presta atención para dos perfiles más de las otras becarias para Huertas 2023!

Hello everyone!

My name is Amelia and I am one of the new interns for the Huertas program. I am incredibly excited for this work and excited to collaborate with the two other interns this spring. I study sociology at the University of Vermont with a concentration in Criminal Justice. Furthermore, I am minoring in Latin American and Caribbean Studies, Art, and Biology. I am especially interested in the Huertas project because I lived in Guadalajara, Mexico at age nine and learned Spanish, which I will be using throughout this internship. I believe learning other languages and cultures is one of the best ways to begin to create a more equitable and less violent world. The thing I value most as a Huertas intern is connecting and conversing with the Huertas participants. Furthermore, I am interested in learning more about immigration rights as it relates to the American criminal justice system. 

So far, Huertas has been a wonderful experience. I have learned about the dairy industry in Vermont and the experience of migrant workers in this industry, which prior to this internship I knew almost nothing about. I have already had many impactful experiences during my first in person visits to meet with participants on farms around Northern Vermont. Like I thought, my favorite part of the work has been connecting with all of the participants after conducting the formal interviews. It is especially exciting connecting with participants about areas in Mexico close to where I lived when I was young. 

The most important thing to me as a Huertas intern is being someone that the participants can confide in and connect with. I learn something new everyday I work for Huertas, especially about food systems and gardening techniques. I can’t wait to do more field visits, learn more about these food systems, and begin to plant this spring. 

Keep an eye out for two more profiles introducing the other two 2023 Huertas interns!

“Quería ser más un amigo, no un maestro”. Así es como la ex becaria Meghan Pennock describió su experiencia trabajando con Huertas en 2018. Al igual que muchas oportunidades en la vida, la introducción de Meghan a Huertas llegó bastante por coincidencia. En una de las clases durante su primer año, otra ex pasante ingresó para hablar con los estudiantes sobre la pasantía. El proyecto del jardín realmente la intrigó y emocionó, pero no fue hasta tres años después que dio el salto y ella misma se postuló para la pasantía.

Cuando entrevisté a Meghan para este blog, ella notó que ser pasante de Huertas le proporcionó muchas consecuencias relevantes y valiosas. Explicó la importancia de cómo los proyectos de desarrollo deben enfocarse en ayudar a las personas a ayudarse a sí mismas, no solo en un resultado de “dar y olvidar”. Según Meghan, “así es como podemos construir comunidades fuertes y resilientes”, y también como podemos proporcionar las herramientas para que las personas puedan solucionar situaciones difíciles. Meghan también explicó su percepción de la importancia de la confianza y la comunidad en diferentes culturas. Como pasante de Huertas, he aprendido que cuando trato de hacer amistades con personas que provienen de diferentes ámbitos de la vida, construir puentes a través de la empatía y el apoyo mutuo es verdaderamente crucial.

Por supuesto, Meghan se enfrentó a varios desafíos como pasante. Principalmente, recordó la barrera del idioma con muchas de las personas con las que trabajó. Si bien Meghan habla español, no lo hace con fluidez, lo que hizo que algunas de sus interacciones fueran un poco difíciles, quizás incómodas. Dicho esto, Meghan pudo ponerse en la piel de un trabajador migrante. Esta es una barrera que los propios trabajadores migrantes soportan a diario, ya que la mayoría de ellos no hablan inglés, lo que a su vez los aísla aún más de sus comunidades aquí en Vermont. A pesar de este obstáculo, Meghan usó esta experiencia para mejorar sus habilidades en español e hizo muchos amigos en el camino con los que todavía hoy está en contacto.

Además, esta experiencia de pasantía encajaba muy bien con su campo de estudio en la Universidad de Vermont. Meghan se graduó con un título en desarrollo comunitario e internacional, que según ella era la esencia de esta pasantía. Como pasante, Meghan pudo experimentar de primera mano problemas de inseguridad alimentaria, la incapacidad de las familias para acceder a alimentos saludables y nutritivos y otros desafíos que enfrentan los hogares de migrantes en Vermont. Como resultado de lo que aprendió a través de Huertas, Meghan ahora puede usar su conocimiento y experiencia de primera mano en otras iniciativas de trabajadores migrantes que se ofrecen a través de UVM Extension. No sólo puede continuar fomentando las amistades con las personas que conoció durante su pasantía, sino que ahora tiene las herramientas para navegar en aguas difíciles que surgen mientras trabaja con este grupo demográfico.

Cualquiera que busque una experiencia de pasantía significativa y profunda, debe considerar Huertas y el trabajo que hacen para garantizar alimentos culturalmente apropiados para los hogares de migrantes. Si bien el proyecto es pequeño, el impacto es masivo y, lo más importante, las amistades son eternas. 

“I wanted to be more of a friend, not a teacher”. That is how former intern Meghan Pennock described her experience working with Huertas back in 2018. As do many opportunities in life, Meghan’s introduction to Huertas arrived rather coincidentally. In one of the classes during her freshman year, another former intern came in to talk to the students about the internship. The garden project really intrigued and excited her, but it wasn’t until three years later that she took the leap and applied to the internship herself.  

When I interviewed Meghan for this blog, she noted that being an intern for Huertas provided her with many meaningful and valuable takeaways. She explained the importance of how development projects should be focused on helping people help themselves, not just a “giving and forgetting” outcome. According to Meghan, “that is how we can build strong and resilient communities”, and also how we can provide the tools for people to get by in difficult life settings. Meghan also explained her realization about the importance of trust and community across all different cultures. As a Huertas intern myself, I’ve learned that when trying to make friendships with people that come from different walks of life, building bridges through empathy and mutual support is truly key. 

Of course, Meghan did encounter challenges as an intern. Mainly, she recalled her language barrier with many of the people that she worked with. While Meghan does speak Spanish, she is not fluent, which made some of her interactions a little difficult, perhaps uncomfortable. That said, Meghan was able to put herself in the shoes of a migrant worker. This is a barrier that the migrant workers themselves endure on a daily basis since most of them do not speak English, which in turn further isolates them from their communities here in Vermont. Despite this obstacle, Meghan used this experience to improve her Spanish skills and made many friends along the way that she is still in contact with today. 

Moreover, this internship experience tied in very well with her field of study at the University of Vermont. Meghan graduated with a degree in community and international development, which she argued was the essence of this internship. As an intern, Meghan was able to experience first-hand issues of food insecurity, the inability for families to access healthy and nutritious foods, and other challenges that migrant households face in Vermont. As a result of what she learned through Huertas, Meghan is now able to use her knowledge and first-hand experience in other migrant worker initiatives that are offered through UVM Extension. Not only is she able to continue to foster the friendships with the people that she met during her internship, but she now has the tools to navigate the difficult waters that emerge while working with this demographic. 

For anybody looking for a meaningful and profound internship experience, consider Huertas and the work that they do to ensure culturally appropriate foods to migrant households. While the project is small, the impact is massive, and most importantly, the friendships are everlasting. 

Imaginen arriesgar su vida con la esperanza de poder lograr el Sueño Americano. Luego, al llegar, terminan trabajando doce horas al día, seis días a la semana, y con el temor constante de ser deportado y enviado de regreso al país del que decidieron partir. Tal es la vida de mi amigo, un trabajador de una granja lechera local de Vermont quien amablemente permitió que lo entrevistara y contara su historia para que sea conocida. Por razones de seguridad, ha pedido que su identidad permanezca en el anonimato y por esta razón me referiré a mi amigo como José.

Hace poco menos de un año y medio, José partió de su amada Chiapas, México, y embarcó en un viaje del que no estaba seguro regresaría. Como él mismo dijo: “es un sacrificio, pero lo hago por mi familia”. Sin embargo, ésta no era la primera vez que se embarcaba en un viaje así. Entre el 2003 y el 2004, José ya había cruzado la frontera para trabajar en granjas en los estados de Washington y Florida, recogiendo manzanas en el primero y naranjas en el segundo. Por motivos personales, regresó a México un año después, pero su situación económica en el 2019 no le dejó otra opción que regresar una vez más a los Estados Unidos. Sabía que regresar era la única forma en que su familia podría salir adelante en la vida recibiendo el apoyo financiero que necesitaban desesperadamente (incluso si eso significaba dejar atrás a su esposa, a cuatro hijos y a dos nietos).

Al intentar reingresar a los Estados Unidos en 2019, José pasó 21 días escondido en la frontera, luchando contra el hambre y la sed extrema. En un momento, José contó que pasó más de una semana sin comer siquiera una comida al día, sin agua, rezando para que la policía de fronteras no lo encontrara. La carga física que José soportó no fue el único precio que tuvo que pagar para regresar. Para poder ser introducido de contrabando en el país exitosamente, José tuvo que pagar a los conocidos como “coyotes”, o personas que los migrantes contratan para ayudar a guiarlos a través de la frontera. José me dijo que se requerían dos tarifas para que los coyotes lo ayudaran: una tarifa inicial de 60,000 pesos mexicanos para llevarlo hasta la frontera, seguida de un pago de 120,000 pesos una vez que estuviese del otro lado. La conversión a dólares estadounidenses es de aproximadamente $ 8,716.52, una cantidad impactante considerando que no hay certeza de que el cruce será exitoso o no, o que incluso regresará con vida. Para agregar algo en el contexto, en México el salario mínimo diario es de casi 142 pesos diarios (alrededor de 7 dólares), y esto solamente en un trabajo formal; los vendedores ambulantes o los agricultores locales podrían ganar incluso menos. Este pago total de 180.000 pesos podría ser el ahorro de toda la vida de una persona, lo que representa cuán vital y urgente es realmente su intento de ingresar a los Estados Unidos.

Al preguntarle a José si era feliz aquí en Vermont, su respuesta inmediata fue “Si, gracias a Dios”, seguido de una explicación sobre su capacidad para mantener a su familia de la manera que él pretendía. Dicho esto, dejó en claro que los años no pasan en vano y que pronto le resultará difícil mantener este trabajo tan arduo e intensivo. Afortunadamente, José mencionó que no tiene problemas con su jefe y que puede ganar lo suficiente para enviar a Chiapas remesas mensuales. Los trabajadores migrantes a menudo enfrentan casos de abuso (verbal y físico) muy desafiantes en ciertos entornos de trabajo, por lo que fue reconfortante escuchar que él no tuvo que enfrentarlos aquí en Vermont. Dicho esto, el costo emocional de José no es fácil, ya que también señaló que vive una vida bastante solitaria. A pesar de tener familiares lejanos que viven a menos de veinte minutos en coche, José opta por ni siquiera verlos. Prefiere no usar el dinero que tendría que gastar para que alguien lo lleve a ver a sus parientes y así ahorrar para su familia. En lugar de encontrarse con amigos, en su día libre José duerme, mira partidos de fútbol y llama a sus hijos, y solamente al escuchar sus nombres sonríe de oreja a oreja. 

José planea quedarse en Vermont por 3 años más antes de decidir si es hora de regresar a México. A pesar de su agotador horario de trabajo y su inconcebible y difícil relación a larga distancia con sus seres queridos, es admirable ver cómo José conduce su vida. Lucha duro, con una inquebrantable dedicación a los que más ama, sin importarle lo difícil de su situación actual. La historia de José es notable, similar a la de aproximadamente 1,200 trabajadores migrantes indocumentados que mantienen viva la próspera industria láctea de Vermont. Aboguemos por el bienestar de todos aquellos que hacen posible que haya comida en nuestros platos y mantienen pujante nuestra economía local. Y la próxima vez que compre un galón de leche, beba su latte o se trague su Ben and Jerry’s, recuerde que alguien arriesgó su vida para poner ese producto lácteo en sus manos. 

Imagine risking your life in hopes of being able to fulfill the American Dream. Then, upon your arrival, you end up working twelve hours a day, six days a week, and with the constant fear of being deported and sent back to the country you fled from in the first place. That is the life of my friend, a local Vermont dairy farmworker who graciously decided to let me interview him and retell his story for you to hear. For security reasons, he has asked that his identity remain anonymous, so for the purpose of this blog, I will refer to my friend as José. 

A little under a year and a half ago, José departed from his beloved Chiapas, Mexico and set sail upon a journey from which he wasn’t sure he would return. As he put it: “it is a sacrifice, but I do it for my family.” However, this wasn’t the first time he embarked on such a journey. Between 2003 and 2004, José had already crossed the border to work on farms in Washington State and Florida, picking apples and oranges, respectively. He returned to Mexico a year later for personal reasons, but his financial situation in 2019 left him no choice but to return to the United States once again. He knew that going back was the only way for his family to get ahead in life and receive the financial support they desperately needed (even if that meant leaving his wife, four children, and two grandchildren behind).     

Upon attempting to re-enter the United States in 2019, José spent 21 days hiding at the border, battling starvation and extreme thirst. At one point, José recounted that he spent over a week barely eating one meal a day, with no water, praying that he wouldn’t be found by the border police. The physical toll José endured was not the only price he had to pay to make it back in. In order to be successfully smuggled back into the country, José had to pay off what are known as “coyotes”, or people that migrants hire to help guide them across the border. José told me how there were two fees required for the coyotes to help him: one initial fee of 60,000 Mexican Pesos to get him to the border, followed by a payment of 120,000 Pesos once he made it to the other side. The conversion to U.S Dollars is approximately $8,716.52, a shocking amount considering there is no certainty of whether or not the crossing will be successful, or that he will even make it back alive. To add some additional context, in Mexico, the daily minimum wage is nearly 142 Pesos a day (around 7 Dollars), and this only applies if you have a formal job; street vendors or local farmers could make even less. This total payment of 180,000 Pesos could be an individual’s entire life savings, representing how vital and urgent their attempt to enter the United States truly is. 

Upon asking José if he was happy here in Vermont, his immediate response was “Si, gracias a Dios”, followed by an explanation regarding his ability to support his family in the way he intended to. That said, he made it clear that he is not getting any younger, and it will soon become difficult for him to keep up with such a labor-intensive and strenuous lifestyle. Luckily, José did mention that he has no problems with his boss and is able to make enough to send remittances back to Chiapas on a monthly basis. Migrant workers often face very challenging cases of abuse (verbal and physical) in certain work environments, so it was reassuring to hear that he did not face this here in Vermont. That said, the emotional toll on José is not easy, as he also noted that he lives quite a lonely life. Despite having distant family members that live no more than twenty minutes away by car, José opts to not even seem them. He prefers to use the money that he would have to spend for somebody to drive him to see his relatives on saving it for his family. Instead of socializing, on his day off, José sleeps, watches soccer, and calls his children, which just at the sound of their names, made him smile from cheek to cheek. 

José plans to stay in Vermont for 3 more years before deciding whether he has reached enough financial stability to return to Mexico. Despite his grueling work schedule and unimaginably difficult long-distance relationship with his loved ones, it was admirable to see how José carries his life. He fights hard, with an unwavering dedication to the ones he loves the most, no matter how difficult his current situation is. José’s story is remarkable, similar to the one of approximately 1,200 undocumented migrant workers that keep Vermont’s flourishing dairy industry alive. Let’s advocate for the well-being of those that put food on our plates and keep our local economy thriving. And next time you purchase a gallon of milk, drink your latté, or gobble down your Ben and Jerry’s, remember that somebody risked their life to put that dairy product in your hands. 

The COVID-19 pandemic has caused massive upheaval all around the state of Vermont. Yet, what these difficult times have also shown us is the importance of local food systems in creating community resilience. We at Huertas strive to continue to support the farmworkers who build the backbone of our food system, but we wouldn’t be able to do that without the dedicated and wonderful group of local growers whom we’ve cultivated relationships with over the last ten years.

A few weeks ago, I had the opportunity to talk with Kristyn Achilich, program coordinator of Saint Michael’s College Farm, who further illuminated the importance of these local ties, especially in times of crisis.

Kristyn describes Saint Michael’s College Farm as a “production farm on an educational setting.” Growing on 1 ¾ acres of land, the farm produces everything from specialty hot peppers (many of which are grown for Huertas) to berries and boasts a total of 3 market outlets: a direct-to-consumer CSA, a self-serve farmstand, and maintains a relationship with Sodexo to provide local healthy food to nearly 200 Saint Michael’s students.

Behind all this work is a dedication to promote farm business development and hands-on education. Indeed, while the program began in 2008 with just a few community members growing on ¼ acre, it has since grown to accommodate a boom in student interest and now involves students in nearly every aspect of farm operations. Much student involvement comes from Kristyn’s course called “Food Systems & Sustainable Agriculture” as well as several teaching and learning opportunities that the farm offers in the winter and early spring. As Kristyn explains, “the students sort of learn by doing. They learn about agriculture and food systems through a direct experience. It’s very authentic…they are producing food for their peers and the wider community.”

Hands-on education is of paramount importance to the program, with Kristyn going on to say that “I think that hands-on education is so important, especially for liberal arts students. They’re trained to engage in theoretical exercises on societal issues, but they only get to look at it through a classroom.”

Being able to learn and work on the farm allows these students a first-hand look at what the food system looks like in Vermont – a value that Huertas shares with its model of promoting student and community involvement to raise awareness of food system injustice in Vermont. This connection was not lost on Kristyn as well when promoted why she decided to start growing for Huertas:

“The mission of the farm is food, community, and education. Every decision we make is based on meeting all three of those goals. We’re helping to grow food for a population that is in need of food access. But also, culturally appropriate food access. Bring direct awareness to inequities in the food system and how people are coping is a huge thing we try to teach.”

 At the same time, Kristyn explains how a lot of her students were initially surprised by the prevalence of the dairy industry in Vermont and “were completely unaware of the migrant farmworker world.” In this way, through her program and the relationship between Saint Michael’s College Farm and Huertas, she is not only teaching them skills that young farmers need to maintain a viable and profitable business but also how to do it an ecologically and socially responsible way.

Like all growers throughout the state, country, and world, Saint Michael’s Farm is adjusting to a new normal under COVID-19. With Saint Michael’s campus now closed for the rest of the year, one of the most drastic changes is the lack of student involvement on the farm. That being said, they are adjusting to ensure they can continue serving the community through a credit-based CSA, and the farm continues to be in operation.

Reflecting on these changes and the multitude of food system challenges that still lie ahead, Kristyn finishes our interview with a few words that spoke to the importance of food and community in trying times:

“For better or worse, the COVID-19 crisis is shedding light on this world [food system]. We’re getting called on locally, and it doesn’t get any more grounded and basic than that. I really hope we don’t lose that system when this thing passes.”

*traducción al español viene pronto

Meet Helaina!

Helaina is a first-year food systems student at UVM and joins Huertas as our last field intern. Having grown up on a dairy farm in Upstate New York, Helaina brings a unique perspective and knowledge base to the team. Although she is still in her first-year of college, Helaina applied to Huertas after hearing about it in Dr. Dan Baker’s “World Food, Population & Development” course and took her chances at applying. As reflected on by Helaina, “unbenounced to me I’m actually quite capable of being an intern.” 

Helaina has had a long interest in food systems and food justice. Having worked alongside migrant farmworkers at her own family’s farm, she remembers that from a young age she had an interest in the migrant farmworker community and thought it would be really great to create a program that could help support them in their situations, especially seeing that sometimes these farmworkers worked for farmers who weren’t always sympathetic. After coming to UVM, she was thus instantly happy to see the variety of organizations, including Huertas, who exist to do just what she had imagined. 

Before coming to college, Helaina also had the chance to spend a gap year in Spain, which deepened her love of Spanish and allowed her to connect better to the migrant farmworkers she interacted with back home. As she said, “Even though I was in a very privileged situation, I learned how hard it was to be away from your family, your culture, and your native language. Adapting to another culture is unimaginably difficult.” Concerning how this experience affected her back home more directly, she also said that “I think being able to have conversations now with farmworkers in their native language creates a sense of community because that’s how I felt when people would speak English to me.”

Looking towards the rest of the semester, and especially the growing season ahead, Helaina is excited to use her skills and passion to learn and help others in her community. 

¡ Conoce a Helaina!

Helaina es una estudiante de primer año que estudia los sistemas de alimentos en la Universidad de Vermont y se une de Huertas como nuestro becaria de campo final. Habiendo crecido en una granja lechera en el norte del estado de Nueva York, Helaina aporta al equipo una perspectiva y una base de conocimientos únicos. Aunque está todavía en su primer año de la universidad, Helaina se aplicó para Huertas después de oír de la organización en la clase del Dr. Dan Baker de “alimentación mundial, población y desarrollo” y se arriesgó aplicar. Como ella se refleja en, “sin llegar a mí, soy en realidad bastante capaz de ser una becaria.” 

Helaina ha tenido un largo interés en los sistemas de alimentos y la justicia alimentaria. Cuando era niña, ella trabajó en la granja de su familia y recuerda que desde muy joven tenía interés en la comunidad de trabajadores agrícolas migrantes y pensó que sería realmente genial crear un programa que pudiera ayudar a apoyarlos en sus situaciones, especialmente viendo que a veces estos trabajadores agrícolas trabajaban para los agricultores que no siempre eran comprensivos. Después de llegar a UVM, por lo tanto, estaba feliz al instante al ver la variedad de organizaciones, incluyendo Huertas, que existen para hacer justo lo que había imaginado.

Antes de venir a la universidad, Helaina tuvo la oportunidad de pasar un año en España. Esta experiencia profundizó su amor por el español y le permitió conectarse mejor con los trabajadores agrícolas migrantes con los que interactuó en los Estados Unidos. Dice ella, “Aunque estaba en una situación privilegiada, aprendí lo difícil que era ser lejos de su familia, su cultura, y su idioma nativo. Adaptarse a otra cultura es inimaginablemente difícil.” En cuanto a cómo esta experiencia afectó a su hogar más directamente, también dijo que “Creo que ser capaz de tener conversaciones ahora con trabajadores agrícolas en su idioma nativa crea un sentido de comunidad porque así me sentí cuando la gente me hablaba inglés.” 

Mirando hacia el resto del semestre, y especialmente la temporada de siembra, Helaina está emocionada para usar sus habilidades y pasión para aprender y ayudar a la gente en su comunidad.

I was sure I’d made it to the farthest-flung corner of Northwestern Vermont. This is where Francisco lived. I was cycling down a dirt road that had turned to mud, at the foot of a forested mountain. The leaves that hadn’t yet fallen were red and orange.

That fall morning my bicycle and I had caught the predawn bus from Burlington to St. Albans. From there, I pedaled through the fields and towns of Franklin County in search of a few farms where I’d find participants of Huertas, a project that supports migrant dairy workers and their families to plant and maintain kitchen gardens. I was going to interview them about their experiences with the program and their gardens. This was my first interview that day. I had two more scheduled.

I passed Fransisco’s house by accident. I had a hand-drawn map but there were few landmarks out here, just narrow fields of already-harvested corn and the odd barn. A film of snow covered the ground in the shade. I waved at a passing pick-up, but the driver ignored me.

After arriving at the end of the road, I turned around. I knocked on the door of the only house I’d seen. Francisco opened with a smile. We had been in touch the day before, but without contact he had begun to doubt that I was coming.

He was isolated. “The neighbors here, well there aren’t any nearby,” said Francisco. Having a visitor seemed to make him happy.

His garden gave him happiness as well. “It’s something fun and entertaining,” he told me. “I get home from work and have nothing else to do. So I go out to the garden. It entertains me a lot.” For Francisco, like for most participants I spoke with, maintaining a garden wasn’t work; it was fun.

And participants valued produced from their gardens more highly than equivalent purchased food. When I presented them with the hypothetical option between support from Huertas to maintain a garden and a weekly produce delivery, 9 of 15 respondents said they would prefer the garden. Of the 6 who chose the hypothetical veggie box, 5 explained that it was because of unwanted circumstances: they didn’t have adequate time or space to have success gardening.

More than anything, the people I interviewed seemed to like their relationships with their gardens, with the plants that comprised them, and with the people with whom they gardened and shared food. “What we plant, what we harvest, we know that we were the ones doing the maintenance and that we’re eating fresh food,” Francisco explained to me. Other Huertas participants told me stories about caring for plants with their children and cooking for their friends with ingredients they had sown and reaped.

What thrilled Francisco was learning from plants through his interactions with the garden. Nature astonished him. He spoke of his chili peppers: “Before the snow started to fall, we stopped harvesting them. We had picked all the chilis, and then they started producing again. … We were going to buy chilis to stew. My roommate went outside to check on the garden, and there were more peppers on the plants!”

Later he told me, “Something that surprised me happened with the cilantro. Well, back in Mexico, you plant it, harvest it, and that’s it. But this time, the first year I was here, the cilantro was all harvested and we left a few plants. It grew, it flowered, it made seeds, and there it stayed. What I realized was that the seeds don’t mind the cold. Cilantro came up right there the next year. So this year, I left some plants on purpose.” Francisco marveled at how the chilis and cilantro produced on their own.

“I learn little more every year,” he explained. “Like with the tomatoes, at first I just planted them and weeded. There they fell over. Now, I put some sticks beside them and tie them up with a string and they grow well. They produce better. You harvest more.”

Francisco did not learn only from his own experience with the plants, but also from Huertas volunteers. “They offered to help me plant,” he said, speaking of his first year participating. “I had already prepared the land and everything. They showed me how I was going to plant, the distance between seedlings, and how to prepare the soil. The next year, I could do it myself.”

Like most of the people I talked to, Francisco expressed gratitude for the help of Huertas. “They gave us everything, whatever we asked for. They brought us plant starts, seeds…”

It was his day off, and he sipped a Corona while we talked. He offered me one. I told him that it was super tempting, but I had a long way to cycle that afternoon, so it was best I didn’t drink.

We kept talking after I had turned off the audio recording device. Francisco told me about the disappearance of the chickens that Huertas had given him. Whoever had taken off with them hadn’t left behind a single feather. We laughed thinking about what could have happened. Maybe it had been a coyote.

I thought that perhaps the company of occasional visits was the best thing Huertas offered. Diary workers are isolated by distance and circumstance; they live in the countryside, they work very long hours, and many are scared to leave the farm because they are undocumented. Having access to fresh produce from their own culture is a big help, for sure. But maybe it is just as important to have other people around once in a while.

In the report [Download below this post] that I have written about this program evaluation of Huertas, I recommend that the project seeks an intern who has experienced growing vegetables, to better support participants with their gardens. Many don’t have time to garden because of their work schedules, and some—mostly those from cities, who didn’t farm in Mexico—lacked gardening knowhow. That year Francisco had struggled with his melon plant. “It grew well, but the bugs began to munch on it and they didn’t let the melons get big.”

But beyond whether every crop grows well, I think that what matters about Huertas is the interaction between student volunteers and migrant participants. It’s cultural exchange and human relations. It’s fine if I don’t know anything about gardening; the fact that I came and listened to Francisco really seemed to make him feel good. Other participants felt good about our conversations, too. As did I. I loved spending an hour with Francisco, and it pained me to know that I wasn’t going to be able to come back, at least until the next spring.

I took off smiling on my bike, on my way to the next interview. The cows gazed at me uninterestedly as I went by. 

A participatory program evaluation of Huertas

Había llegado al rinconcito más remoto de todo el noroeste de Vermont, de eso yo estaba seguro. Allá vivía Francisco. Estaba en una carretera de tierra que se había convertido en barro, al pie de una montaña boscosa. Las hojas que no se habían caído todavía eran rojas y naranjas. 

Aquella madrugada otoñal mi bici y yo habíamos tomado el autobús de Burlington a St. Albans. De allí, fui pedaleando por los campos y pueblos de Franklin County en búsqueda de algunos ranchos donde vivían participantes de Huertas, un proyecto que apoya a trabajadores migrantes en ranchos lecheros y sus familias para que mantengan huertas. Les iba a entrevistar sobre sus experiencias con el programa y con sus huertas. Ésta era la primera entrevista del día. Tenía dos más después.

Pasé la casa de Francisco sin querer. Tenía un mapa que había dibujado a mano, pero aquí había pocos puntos de referencia, solo campos estrechos de maíz ya cosechado y algún granero. En la sombra, una capa fina de nieve tapaba el suelo. Me pasó una camioneta y le señalé, pero el conductor no me hizo caso. 

Al llegar al final de la carretera, me di la vuelta. Subí a la única casa que había visto y llamé a la puerta. Francisco me recibió con una sonrisa. Habíamos estado en contacto el día anterior, pero él dudaba que llegara. Estaba aislado allí. “Los vecinos aquí, pues no hay muy cerca”, dijo. Tener visita le pareció hacer feliz. 

Su huerta le daba felicidad también. “Es algo divertido y entretenido”, me dijo. “Llego de mi trabajo, no tengo más que hacer. Y ya, me voy allá a la huerta. Me entretiene mucho”. Para Francisco, igual que para la mayoría de los participantes con quienes hablé, mantener la huerta no era trabajo; era diversión. 

Y los participantes valoraban lo que sus huertas producían más que el equivalente en comida si fuera comprado. Cuando les presenté la opción hipotética entre el apoyo de Huertas para mantener una huerta y una entrega semanal de productos frescos, 9 de 15 entrevistados dijeron que preferirían la huerta. De los 6 que eligieron la cesta hipotética de productos frescos, 5 explicaron que era por motivos no deseados: no tenían tiempo o espacio adecuado para cultivar con éxito. 

A las personas que entrevisté les parecían gustar sobre todo sus relaciones con las huertas, con los cultivos que formaban parte de ellas, y con las personas con quienes las mantenían y compartían las verduras. “Lo que sembramos, lo que cosechamos, sabemos que nosotros mismos lo estuvimos dando el mantenimiento y que son cosas frescas que comes”, me explicó Francisco. Otros participantes me contaban historias sobre cuidar a las plantas con sus hijos y preparar platos para amigos con ingredientes que habían cultivado y cosechado. 

Lo que le hacía ilusión a Francisco era aprender de las plantas tras interactuar con la huerta. La naturaleza le asombraba. De los chiles, dijo, “Antes de que empezara a caer la nieve, dejamos de cosecharlos. Ya lo habíamos cortado todo, volvió a producir. … Íbamos a comprar chiles para guisar. Mi compañero fue a verlos, y ¡tenían otra vez los chiles!” 

Más tarde me contó, “Algo que no sabía yo que pasaba, era sobre el cilantro. Bueno, allí en México, lo siembras, lo cosechas, y ya está, allí. Pero esta vez aquí, en el primer año que estuve, se cosechó y quedaron incluso algunas plantitas. Creció, floreció, hizo semillas, y allí se quedó. Lo que me di cuenta es que a las semillas no les hace nada el frío. Allí mismo volvieron a brotar otras plantas el siguiente año. Este año dejé unas plantas a propósito”. A Francisco le maravilló que volvieran a producir por sí mismos los chiles y el cilantro. 

“Voy aprendiendo más”, me explicó. “Como el tomate, antes solamente plantaba el arbolito y nada más lo limpiaba yo. Allí se caía. Ahorita ya no; le pongo unos palos al lado y lo ato con un hilo y ya, crece. Está mejor, el producto. Se cosecha más”.

Francisco no aprendía solo de su propia experiencia con las plantas, sino también de las voluntarias de Huertas. “Ellas me ofrecieron ayudarme a sembrar”, dijo de su primer año participando. “Ya tenía yo la tierra ya preparada y todo. Me enseñaron cómo iba yo a sembrar, la distancia, cómo preparar bien la tierra. Ya el siguiente año, sí ya podía yo hacerlo solo”.

Como la mayoría de las personas con quienes hablé, agradecía la ayuda de Huertas. “Nos proporcionaron todo, lo que les pedimos. Nos trajeron las plantitas, semillas…” 

Era su día libre, y tomaba una Corona mientras hablábamos. Me ofreció una. Le dije que me tentaba mucho, pero me quedaba una buena distancia en bici esa tarde, entonces mejor que no bebiera. 

Seguimos hablando después de que apagué el dispositivo que estaba grabando el audio. Francisco me contó de la desaparición de los pollos que Huertas le había dado. Quien se los hubiera llevado no había dejado ni una pluma. Nos reímos un buen rato pensando en qué podía haber pasado. Igual había sido un coyote.

Pensé que quizás la compañía de visitas casuales era lo mejor que ofrecía Huertas. Los trabajadores de ranchos lecheros están aislados por distancia y circunstancia: viven en el campo, trabajan muchísimas horas, y muchos tienen miedo de salir del rancho porque no tienen papeles. Tener acceso a alimentos frescos de su propia cultura es una gran ayuda, seguro. Pero puede ser que importe también solo tener a otras personas a su alrededor de vez en cuando. 

En el informe que he escrito de esta evaluación del programa Huertas, recomiendo que busquen a una o a un intern que tenga experiencia cultivando, para poder apoyar más a los participantes con sus huertas. A muchos les falta tiempo por su horario del trabajo, y a algunos –sobre todo los de la ciudad, que no cultivaban en México— les falta conocimiento. Ese año Francisco había tenido dificultades con el melón. “Creció bien, pero los bichos empezaron a comérsela y no me la dejaron crecer mucho”. 

Pero más allá de si crece bien cada cultivo o no, creo que lo que importa de Huertas es la interacción entre los estudiantes que hacen de voluntario y las personas migrantes que participan. Es intercambio cultural y relación humana. Da igual si tengo sabiduría específica sobre cultivar o no; el hecho de que he venido a escucharle le pareció hacer sentir bien a Francisco, y a otros participantes igual. A mí tambíen. Me encantó pasar una hora con Francisco, y me daba pena saber que no iba a poder volver, como mínimo hasta la siguiente primavera.

Salí en bici sonriendo, corriendo a la próxima entrevista. Las vacas me miraban sin interés mientras pasaba. 

Meet Annika (again)!

When asked why she wanted to become involved with Huertas, Annika responded with “I wanted to do something that combined my interests in learning other languages with food justice, food systems, and agriculture. I wanted to get out and make a difference and see the effects of my work.” Annika joined Huertas as a field intern last spring but has come back as a fellow to help train new interns. Now in her third year at UVM studying Environmental Studies, Annika is excited to see what comes out of rejoining Huertas through fresh eyes and with more experience under her belt.

Annika spent the last semester studying in Nepal – quite different from both Vermont and Latin America, of which she traveled through before coming to college. Still fondly remembering her time in Bolivia and Mexico, Annika loves learning about other cultures and enjoys Huertas because she can make a connection to those places she visited by getting to know Huertas participants in Vermont. In fact, she said one of the main reasons she wanted to come back was to be able to reconnect with participants she had met and gotten to know the year before.

In the future, Annika wants to continue doing something that reflects her interest in traveling and food justice. In particular, she wants to work for a non-profit related to food and education. She hopes that she can tie in what she learns from Huertas with her passions of helping give people equal opportunities and access to food and nature. In the meantime, she is enjoying working for Huertas again and is excited to start brainstorming special projects with other Huertas interns.

¡Conoce a Mia (de nuevo)!

Cuando se le preguntó por qué quería  ser involucrado con Huertas, Annika respondió con “Quería hacer algo que combinara mis intereses en aprender otros idiomas con la justicia de alimentarios, sistemas de alimentarios, y la agricultura. Quería hacer una diferencia y ver los efectos de mi trabajo.” Annika se unió al Huertas como una becaria de campo la primavera pasada pero ha venido de nuevo para ayudar a las nuevas becarias. Ahora en su tercer año de universidad, Annika estudia los estudios ambientales y está emocionada  ver qué puede hacer este año con Huertas con ojos frescos y más experiencia. 

Annika pasó el último año en Nepal – un país muy diferente que ambos Vermont y Latinoamérica, lugares que visitó antes de ir a UVM. Todavía recordando con cariño su tiempo en Bolivia y México, Annika le encanta aprender sobre otras culturas y disfruta de Huertas porque puede hacer una conexión con aquellos lugares que visitó conociendo a los participantes de Huertas en Vermont. De hecho, dijo que la razón principal que quería regresar a Huertas era poder  reconectar con los participantes que se había conocido el año pasado. 

En el futuro, Annika quiere continuar hacer algo que refleja sus intereses en en el viajar y la justicia de alimentarios. En particular, quiere trabajar para una organización sin fines de lucro relacionada a la alimentación y la educación. Espera combinar lo que aprende en Huertas con sus pasiones de ayuda a la gente obtener las oportunidades iguales y el acceso a la alimentación y la naturaleza. Mientras tanto, está disfrutando trabajar para Huertas de nuevo y está emocionada para comenzar proyectos especiales con las otras becarias de Huertas.  

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